Por qué queremos comprar cuando estamos tristes

Seguro que alguna vez has tenido un día malo, has llegado a casa cansado y, sin tener realmente nada que comprar, has terminado mirando tiendas online. Empiezas viendo unas zapatillas, después una camiseta, luego ese móvil que llevas meses mirando y, cuando quieres darte cuenta, tienes varias cosas en el carrito.

No necesitabas ninguna de ellas.

Pero aparece ese pensamiento tan fácil de justificar: «Me lo merezco».

Lo curioso es que muchas veces no compramos porque necesitemos algo, sino porque queremos sentirnos mejor. Comprar puede convertirse en una forma rápida de distraernos de la tristeza, el aburrimiento, el estrés o incluso de un día especialmente malo.

Y aunque una compra puntual no tiene por qué ser un problema, cuando utilizamos el dinero de forma habitual para gestionar nuestras emociones, podemos terminar perjudicando nuestras finanzas sin darnos cuenta.

La relación entre las emociones y el consumo

Comprar algo que queremos puede producir una sensación agradable. Pensar en el producto, imaginar que lo vamos a utilizar y finalmente comprarlo genera una pequeña sensación de recompensa.

Por eso muchas veces no disfrutamos únicamente del objeto que compramos, sino también de todo el proceso anterior.

Esto explica por qué podemos pasar veinte minutos mirando ropa sin necesitar nada y acabar comprando algo simplemente porque nos ha llamado la atención. Durante ese rato estamos concentrados en otra cosa y dejamos de pensar en aquello que nos estaba haciendo sentir mal.

El problema aparece cuando esta conducta empieza a repetirse.

Si cada vez que estamos tristes pedimos comida, compramos ropa o hacemos cualquier otro gasto para sentirnos mejor, nuestro cerebro puede acabar asociando ambas cosas: me siento mal, compro algo y durante un rato me siento mejor.

El alivio puede ser real, pero normalmente es temporal. El problema que provocó la tristeza sigue ahí y, además, ahora tenemos un gasto que quizá no estaba previsto.

El problema no es comprar, sino por qué compramos

Gastar dinero no es algo negativo por sí mismo. De hecho, parte de una buena planificación financiera consiste precisamente en reservar dinero para disfrutarlo.

La diferencia está en el motivo.

No es lo mismo comprar unas zapatillas porque llevas dos meses ahorrando para ellas y forman parte de tu presupuesto, que comprarlas después de un día horrible simplemente porque necesitas darte una recompensa.

La cantidad puede ser exactamente la misma, pero la decisión es diferente.

Esto es importante porque a veces intentamos controlar nuestros gastos únicamente mirando los números. Revisamos cuánto hemos gastado durante el mes, eliminamos algún gasto innecesario y hacemos un presupuesto más estricto.

Pero si no entendemos por qué gastamos, es fácil volver a cometer el mismo error.

Una persona puede saber perfectamente que debería ahorrar 200 euros al mes y, aun así, terminar gastando ese dinero cada vez que tiene una mala semana.

Las pequeñas compras también cuentan

Cuando pensamos en compras impulsivas solemos imaginar gastos grandes, pero muchas veces el problema está en cantidades bastante más pequeñas.

Un pedido de comida de 20 euros después de un día complicado. Una camiseta de 30 euros porque «estaba de oferta». Un café y algo de comer mientras damos una vuelta. Una compra de 40 euros que realmente no necesitábamos.

Por separado, ninguna parece especialmente preocupante.

El problema es que pueden repetirse.

Imagina que durante un mes tienes cuatro momentos en los que acabas gastando 25 euros porque estás aburrido, triste o estresado. Son 100 euros.

Si mantienes ese comportamiento durante un año, hablamos de 1.200 euros.

Y probablemente no recuerdes gran parte de lo que compraste.

Esto es lo que hace especialmente peligrosos a los gastos emocionales: suelen parecer pequeños en el momento en el que los hacemos, pero cuando los acumulamos pueden tener un impacto considerable sobre nuestra capacidad de ahorro.

Las compras online hacen que sea todavía más fácil

Además, comprar nunca había sido tan sencillo.

Hace unos años, para comprar algo tenías que desplazarte hasta una tienda, buscar el producto, hacer cola y pagar. Ahora puedes hacerlo desde el sofá en cuestión de segundos.

Tienes la tarjeta guardada, la dirección guardada y muchas tiendas permiten completar una compra prácticamente con un solo clic.

Esto tiene una ventaja evidente: es cómodo.

Pero también elimina parte del tiempo que antes teníamos para pensar.

A esto se suman las ofertas, los descuentos limitados, el envío gratuito a partir de determinada cantidad o los mensajes que indican que quedan pocas unidades.

Todo está pensado para generar sensación de urgencia y conseguir que tomemos una decisión rápidamente.

Y cuando estamos en un momento emocional complicado, tomar decisiones rápidas con nuestro dinero no suele ser la mejor combinación.

Las redes sociales también influyen

Otro factor que no podemos ignorar son las redes sociales.

Puedes abrir Instagram o TikTok simplemente para desconectar después de un día malo y terminar viendo viajes, ropa, restaurantes, móviles, coches o todo tipo de productos que otras personas están utilizando.

El problema es que muchas veces no tenías intención de comprar nada hasta que lo viste.
Las redes sociales no solamente nos enseñan productos. También nos muestran constantemente estilos de vida con los que podemos compararnos.

«Yo también quiero eso».
«Qué bien estaría tenerlo».
«Por ese precio tampoco pasa nada».

Y así aparece un deseo que unos minutos antes ni siquiera existía.
Cuando además estamos aburridos o tristes, es más fácil utilizar el móvil para distraernos y terminar entrando en una tienda online.

¿Por qué después podemos sentirnos peor?

El consumo emocional tiene una característica bastante curiosa: aquello que utilizamos para sentirnos mejor puede terminar generando el efecto contrario.

Después de comprar podemos sentir satisfacción, pero cuando pasan unas horas y vemos el movimiento en nuestra cuenta bancaria, aparece la preocupación.

«No necesitaba esto».
«Este mes quería ahorrar».
«¿En qué momento he gastado tanto?».

Si la compra ha sido importante, incluso podemos sentir culpa.

Esto puede crear un círculo bastante incómodo. Nos encontramos mal, compramos para sentirnos mejor, después nos arrepentimos de haber gastado y ese arrepentimiento genera todavía más malestar.

Y entonces podemos volver a consumir para distraernos.
No significa que todas las personas que compran cuando están tristes vayan a desarrollar un problema grave de consumo, pero sí es una conducta que conviene observar cuando empieza a repetirse.

Cómo evitar las compras impulsivas cuando estamos tristes

La solución no consiste en prohibirnos comprar cada vez que estamos de mal humor. Eso sería poco realista y tampoco tendría mucho sentido.

Una estrategia bastante sencilla es introducir tiempo entre el impulso y la compra.

Si ves algo que no tenías pensado comprar, puedes esperar 24 horas antes de decidir.

Durante ese tiempo, probablemente cambie la urgencia que sentías inicialmente.

Ayer necesitabas esas zapatillas.

Hoy quizá ya no te parecen tan importantes.

Y si después de un día sigues queriéndolas, puedes valorar la compra con más tranquilidad y comprobar si realmente entra dentro de tu presupuesto.

También puede ayudarte hacerte una pregunta antes de pagar:

¿Quiero comprar esto o quiero sentirme mejor?

No siempre será fácil responder, pero simplemente planteártelo puede ayudarte a detectar cuándo estás tomando una decisión económica influida principalmente por tus emociones.

Otra opción es buscar alternativas que también te permitan desconectar sin gastar dinero. Salir a caminar, hacer deporte, hablar con alguien, cocinar, leer o simplemente salir de casa pueden parecer soluciones demasiado sencillas, pero cumplen una función importante: romper la asociación entre sentirnos mal y sacar la tarjeta.

Tener un presupuesto para disfrutar también ayuda

Hay otra forma de evitar que el control de los gastos se convierta en una lucha constante: incluir el ocio y los caprichos dentro del presupuesto.

Si todos los meses tienes, por ejemplo, una cantidad reservada para restaurantes, ropa, ocio o cualquier otra cosa que disfrutes, gastar ese dinero no debería generarte culpa.

La clave es que sea un gasto planificado.

Ahorrar no significa dejar de disfrutar del dinero. Significa decidir antes de gastarlo cuánto puedes dedicar a cada cosa.

De esta forma, cuando tengas un mal día y quieras darte un capricho, tendrás claro cuánto puedes gastar sin poner en riesgo tus objetivos financieros.

El dinero también está relacionado con nuestra salud emocional

Cuando hablamos de finanzas personales solemos centrarnos en ingresos, gastos, ahorro, inversión o deudas. Sin embargo, detrás de todas esas decisiones hay una persona que toma decisiones diferentes dependiendo de cómo se encuentre.

Por eso entender nuestra relación con el dinero es tan importante como aprender a hacer un presupuesto.

Comprar cuando estamos tristes no es necesariamente algo malo. Todos podemos darnos un capricho de vez en cuando y disfrutar de gastar nuestro dinero.

La cuestión es saber cuándo estamos comprando algo porque realmente lo queremos y cuándo estamos utilizando una compra para intentar solucionar una emoción.

Si ocurre de forma puntual, probablemente no tenga mayor importancia.

Pero si cada vez que estás triste, estresado o aburrido terminas gastando dinero, merece la pena prestar atención.

Porque quizá el problema no sean esos 20, 30 o 50 euros que gastas cada vez.

El verdadero problema puede estar en haber convertido el consumo en nuestra manera habitual de sentirnos mejor.

Y aprender a reconocerlo puede ayudarnos no solo a gastar menos, sino también a entender mucho mejor nuestra relación con el dinero.

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